San Pedro de Macorís
En el sureste y en vecindad con la capital dominicana, esta provincia tiene en la población cocola –afroamericanos llegados de antiguas posesiones inglesas, uno de sus rostros culturales más acentuados. Y son los guloyas, los eternos danzantes pletóricos de ritmo y alegría los que mejor expresan el espíritu festivo que distingue la población.
Sus trajes, cual quincallería con sus espejitos, plumas y colores se unen a la cadencia que marcan los tambores y expresan sueños y nostalgias, tanto como felicidad, sátira y rebeldía. Estos bailadores simbolizan uno de las expresiones culturales más populares del país. Tanto así que los guloyas no sólo se contonean en carnaval. En cualquier convite son invitados de honor. Los bateyes son sus escenarios naturales.
Dentro de estos bailes se encuentran Momise, Guloya, del Buey, los Zancos y otros.
Las danzas guloyas tienen siempre un mensaje pedagógico con un profundo contenido social. Se exalta el triunfo del bien sobre el mal, el débil frente al poderosa, y la defensa de la mujer, a pesar que esta no tiene parte en sus bailes.
De ellos también es el baile Momees conocido por el pueblo como Guloyas, nombre que se hace extensivo a los danzantes. Su origen proviene de un drama inglés, Mummers, el cual se conserva con algunas modificaciones y tres músicas muy diferenciadas: la danza salvaje, con la que se desplazan por las calles; la danza del padre invierno, representando la lucha del Gigante con San Jorge; y la danza de El Codril, en el cual se forma una cuadrilla de danzantes cogidos del brazo y repartidos en dos filas.
Como sus ancestros africanos, quienes veneran sus dioses en rituales ceremonias al caer la tarde, los Guloyas, tras la ardua labor del día se entregan con ardor al influjo de su danza erótica y sensual. |